martes, 30 de abril de 2013
Hoy me subí al bus y me dolió darme cuenta que pagué solo mi pasaje. Subiendo las gradas y extendiendo la mano al motorista caí en cuenta. Fue una tristeza rapaz, que me cayó como gavilán. Sinceramente quise combatirla pero no hay nada que se pueda hacer contra algo asi, tú lo entiendes perfectamente. Te juro que en ningún momento se me han olvidado las cosas que me enseñaste y las que me quisiste enseñar y mi cabezota no quiso aprender aún están en la lista, mi lista.
Me senté solo, casi en el último puesto y practiqué el deporte de alto riesgo: me puse a pensar en que estarías haciendo en ese momento, en como iría transcurriendo tu día. Te imaginaba yendo de prisa, siempre sin tiempo, siempre con mil cosas que hacer. Me sentí como un trailer descompuesto por estar ya fuera de tu rutina y de tu mente y de tu corazón.
Tengo que acostumbrarme a esa y a otras cosas. Tengo que hacer como si te fuiste de viaje y nunca regresarás. Tengo que ignorar el hecho de que se tu número, se donde vives, se donde encontrarte. Que fácil sería volverte a llamar, volver a como las cosas eran, volver y volver.
Ese es el problema: volver. El círculo vicioso, el agua estancada que gira en un remolino turbio. Mejor te hubiera dado tu tiempo. Mejor te hubiera dejado de nuevo como la primera vez.
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